
En los últimos años, desde la plena resolución del mapa genético humano, son miles las voces que se han pronunciado tanto a favor como en contra del desarrollo de investigaciones en esta materia. Unas, desde el ámbito religioso o ético y otras desde el más puro aspecto médico. Pero si analizamos detalladamente, son muchas menos las que lo han hecho desde un marco si cabe más trascendental para el futuro de la humanidad, el social.
Está más que demostrado, que médicamente son incalculables lo beneficiosas que pueden ser las investigaciones con células madre para la prevención y curación de enfermedades hasta hora incurables, desde la diabetes hasta el alzheimer entre otras. Si bien es cierto, que otros “beneficios” como la posibilidad de concebir hijos “a la carta”, se ha convertido en una de las principales bazas de los más críticos con el fenómeno.
Pero a lo que iba. La semana pasada leyendo un articulo en el New York Times, sobre ingeniería genética, más concretamente sobre nanotecnología biocelular (el nombrecito se las trae) me surgieron unas cuantas dudas y miedos que llevan toda la semana “quasi” atormentándome por lo profundo y trascendental de mi pequeña teoría. El articulo, hablaba sobre una investigación que se está llevando a cabo desde hace años en la mencionada materia y que tiene como objetivo la regeneración y mejora tanto de órganos vitales como miembros y extremidades. Esto significaría que, al igual que algunos lagartos, nos regeneraríamos a nosotros mismos de la pérdida total o parcial de una pierna, de una mano, o de un brazo, y por supuesto, también de una lesión coronaria o renal. Cierto es, que este hecho haría posible que género humano experimentara una extraordinaria mejora de su calidad de vida, y por descontado, de su longevidad como especie. Si además, mencionamos que sería posible mejorar desde la gestación, la capacidad cerebral y física del feto para crear una especie de “súper hombres”, usted pensaría que hablo de ciencia ficción, pero si escuchamos a los miembros de la investigación, asegurar que sólo es cuestión de tiempo que esto ocurra, la película pasa a ser casi de terror. Son, hasta aquí, adelantos a los que uno no puede poner “peros” ya que iría en contra de toda lógica. Mis miedos, como decía, aparecen cuando leo e investigo sobre lo increíblemente fácil que sería acceder a estas ventajas para las clases más poderosas y ricas y lo prohibitivas que por el contrario, sería para las clases más humildes.
¿Le suenan los conceptos de “sistema de castas”, “selección racial” o “raza aria”, “discriminación de género”?, pues si le suenan o más o menos conoce, supongo que pocas explicaciones más cabrían dar tras lo expuesto. Es más, si simplificamos a un ámbito más cotidiano; ¿tendrá en el futuro las mismas posibilidades el hijo de una familia acomodada que otro de una familia obrera?, ¿serán las aulas de nuestros centros de enseñanza de carácter público?.
Sinceramente, no soy quién para emitir juicios de valor al respecto, pero si para opinar y tener una opción formada al respecto. Supongo que como la propia evolución, los adelantos tecnológicos no deberían interferir en el ámbito humano, más que en lo tocante a lo estrictamente sanitario.
Recuerdo que hace ya unos años, a un señor llamado Adolf Hitler, le dio por “investigar” unas teorías muy parecidas a estas y la cosa no terminó nada bien. Una opinión más.


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